1.29.2012

(prototipo)

Si no hubiera sido así...tal vez en este momento podría incluso no estar recordando nada. Estaría entonces dejando que los hechos inmediatos delimiten la posibilidad de un futuro momento a recordar. Pero ahora, toda la situación me sumerge en una posibilidad inmensa y tan limitada como el tiempo, la de revivir detalle a detalle cada uno de los deseos, paso a paso los sucesos y lentamente ir creyendo que a medida que rearmo las secuencias un poco de eso que ya pasó, un poco de todo lo que fue y no puede ser , es, justamente...como lo recuerdo y no tanto lo que sucedió.
Un colectivo no es mas que un medio de transporte. Un vehículo común que no distingue genero, edad, no discrimina a quien huele mal ni a aquel que es muy alto siempre y cuando el sujeto pague su boleto. No cuenta tampoco el servicio con empleados dispuestos a informarnos con lenguaje de señas cómo se debe actuar en caso de emergencia, no existen salidas alternativas a las preestablecidas y éstas suelen limitarse al número mínimo par. Resulta curioso pensar que mientras uno viaja, ya sea una o varias veces en el día, durante todo lo que dure el trayecto comienza a formar parte involuntariamente de ese conjunto de seres que, aunque dinámicamente, conforman el grupo de “pasajeros de la línea tal”. Pero sin embargo si nos detenemos un instante mas en detalle, podemos suponer que es incluso momentos antes de ingresar propiamente al vehículo que ya formamos parte de tal tropa.
Disculpame por casualidad no tendrías fuego?, Si...acá. Gracias. Ahí comenzó todo. Supongo que fue a partir de ese “gracias” que comencé a prestar atención, que desperté de un no estar durmiendo para darme cuenta de todo aquello que hoy recuerdo y que vuelve entonces a suceder. Extender la mano con el encendedor y permitirle al desconocido encender su cigarrillo, sin motivo ir extendiendo la mano y escuchar al mismo tiempo un “gracias” que como cachetada pareciera haber sido el primer bocado de un banquete de futuras cachetadas. El desconocido hace uso del artefacto, que maravilloso invento pareciera estar pensando cuando yo del otro lado y sin dejar de exponer un poco mi mano siempre lista a recibirlo nuevamente, ya sé lo que me va a decir después. Termina su acto, con una mirada rápida corrobora haber encendido bien ambos costados de la punta del tabaco y entonces ahora, una vez mas...como ya lo había previsto, como siempre sé que va a suceder, al tiempo que extiende su mano, la que ahora inevitablemente se desprende del artefacto –porque entre viciosos los códigos son códigos y a ninguno se nos ocurriría que de pronto saldría éste corriendo usurpando mi propiedad- vuelve entonces a decir...”gracias”. Claro, cómo no iba a repetirlo...?
Es inevitable.
Buen dia, un peso por favor. En este segundo momento uno comienza a notar que, si bien dentro del vehículo no existen rangos ni castas, no está de más suponer que la simple interacción con las personas lo ubique a uno en un lugar o en otro indistintamente. Tras quién sabe cuántas horas de vivir al volante, con semejante simbolismo de poder, con infinidad de vidas a cargo, con la conciencia tranquila o dormida de quien convierte lo importante en rutina, lo definitivo en inercia, este hombre (y si es mujer me acuerdo de ella que me hizo sonreír una mañana cuando comprendí que el hombre no es mas que el hijo de su madre), recorre ciudades en recorridos repetidos pero que cada vez son uno nuevo, porque cada vez hay una nube mas allá o una vieja distinta cruzando la esquina, son uno nuevo cuando el edificio verde hoy escaló un piso más y ya no son dos los obreros sino cinco los pintores...un mismo recorrido en una ciudad que siempre y nunca es la misma. Entonces, como luego de horas, días, años de ser ignorado, éste ser, en una mañana cualquiera, escucha entre los ruidos de bocinas y la radio un “buen día...” quizás, me gusta pensar que por una suerte de cachetada similar, o menos interesante aun, por un mecanismo también un tanto repetido, elige condecorar al pasajero amable con un descuento de diez centavos, cobrándole en este caso el precio mínimo, por su buena educación. Uno pensaría que nadie más que el beneficiado se percata de tal atención, pero se equivocaría, la atención casi flotante de la tropa se mantiene alerta y el ruidito de la moneda que no debería haber caído tras el “un peso por favor”los despierta a una realidad en la que han sido castigados por desatentos.
Y todo eso sucede en simultáneo. Resulta inevitable notar el modo en el que la máquina nos indica en imperativo con una sucesión de letritas una verdad escondida en la incógnita nunca develada: “Indique su destino al chofer”. Claro que, subliminalmente, esta frase rebota en el imaginario de aquellos que como yo, hemos despertado consecuencia de cachetadas mil. En ese tiempo tan ignorado pero particularmente clave en el que uno dispara una mirada abarcativa hacia el espacio disponible, deduce en cuestión de segundos cuál será el ángulo que uno elegirá para observar por la ventana, comienza al mismo tiempo a desplazarse en una suerte de paso inseguro, en donde existe una cierta aceptación de todo espectador ante cualquier cambio de plan...y entonces uno se sienta al fin, allá al fondo, porque resulta mas fácil luego descender...y mientras todo eso sucede y se piensa y no se piensa y sucede y uno sin saber bien cómo se sentó ahí y no allá, es decir acá, y no allá ni ahí, se estuvo preguntando en simultáneo qué tendrá que ver ese sujeto ahora mismo, sentado tras el volante recorriendo la vida...qué tendrá que ver con la mía...cómo realmente influye en el tránsito, teniendo en sus manos algo tan absoluto como mi destino.
Basta con ubicarme en el asiento para que todo pensamiento se desvanezca en el aire, sin embargo será cuestión de horas o días para que, repetida la escena de inserción a la tropa vehicular, toda esa sensación reaparezca.
A mi derecha estaba sentado él. En este caso podría acudir a la generalidad y afirmar que uno no sabe bien porqué ciertas personas le llaman la atención. Podría continuar alegando, también de modo impersonal. que uno prefiere suponer que tendemos a ciertas preferencias nunca prejuiciosas ni estereotipadas. Prefiere suponer, se supone...pero aunque no sea particularmente ésta la situación, lo cierto es que puede que simplemente el haber estado sentado cerca, el compartir singularmente una cercanía, lo convirtió a él en aquel que se ubicaba a mi derecha.