1.29.2012

N veces de ser necesario

Aunque resultaba un aparente idioma común, la ecuación resultó equivocada. Porque el buscaba y, ella x. Y al intentar despejar la variable, descubrieron que ella si, el no. O tal vez él diría que él todavía y ella ya no.
Inicia el juego en el que lo oculto se devela…y las palabras aparecen torpes, llenas de silencios. Según terceros los silencios son necesarios…que haríamos sin el cero? Pero ella está llena de x…y el solo busca una y. Y siempre es un eje…un referente. Sin embargo x varia…guiada por y. Que resulta? Entonces, se pregunta ella…que resulta de una ecuación no equidistante? Un segundo intento por develar la incógnita…el tercero ya no opina, no hay ceros y unos, esta vez no fue binario.

Despejar no es una opción, ambos buscan encontrarse…lograr el punto en el plano y ser xx o xy. Pero nada resulta sin cálculos para el…y ella simplemente espera a que todo se convierta en R.
Sera consistente la formula?
Y siempre es un referente, pero x se transforma, muta…n veces sea necesario. Sin embargo solo y libera x…nadie despeja la incógnita solo…seremos reales o imaginarios? Tendremos un plano z si seguimos juntos? Que pasa si el solo ve dos? Yo temo volver a ver n planos…sin un eje.
Pero no es por temor que busco a y. Es por pasión, por un milagro descifrable conviene unir ciertos puntos en este plano infinito. Estamos juntos el y yo…

Lo que resulta es que y sin x, no es R. Y viceversa.

Humanogía

(UN CILINDRO)



Tan suave ella en su contraste, se instala en la vista abarcándolo todo. Nos preguntamos un poco sin darnos cuenta si es realmente el reflejo de su parte oculta, si efectivamente tras las líneas se deduce correctamente lo que en definitiva esconde…porque no podremos jamás verla. Pero nos invita ella a desmenuzar una forma, esa forma en la escena, toda ella.
Es posible que imaginemos su base y su detrás…es todo posible con ella en su contraste. Comparamos entonces sin darnos cuenta casi, lo inestable de su postura y lo imposible de su estabilidad en caso de rotar. Nos invita a comparar una posibilidad y entonces nos imaginamos que ella se recuesta…que su curva la sostiene entregada al capricho del suelo…entonces ella, toda giraría, inercialmente hasta el infinito o hacia ese vacío desconocido. Si ella rota, rueda…y en un vaivén reflejaría entonces su femineidad.
Tan sutil y sensual entonces en su baile, ella confirmaría aquellas formas misteriosas que en su estabilidad nos llenan de preguntas. Solo si ella oscila, si juega con el límite en contradicción permanente y emocional nos permite apreciarla en total desnudez. Plena, pura, sin miramientos represivos de intentos superfluos por ser algo que no es. Y aunque la aprecien en total dimensión de su fisonomía…podemos también imaginar que siempre una cara quedará oculta, pues ni ella la conoce y la descubre en ese baile que se escapa a la razón.



Comprende él…a ella…comprende. (UN CUADRADO)
Su entereza y rigidez ordena el universo caótico, y da paz…
El sabe, brinda estabilidad ya que habita la estabilidad.
Aun su duda se torna funcional, y representa un desafio confiable. El lo comprende todo y se planta ahí, firme y protector. Su estructura perfecta, equidistante, un tanto previsible consiste en la evolución y la capacidad de evitar todo eso que lo moldee fuera de esa persistencia a la forma. Sin embargo, aunque se resista asimismo ansia lo suave, lo anhela lentamente y en minúsculas medidas ya que demasiada inestabilidad lo abruma. No hay vaivén sino mas bien un sutil asomarse a una realidad que lo asombra y a la que le teme vergonzosamente y de la cual no puede prescindir. La roza y vuelve a su estructura solida para recordarse que todo en su justa medida. Y aunque no resulte tan obvio, también el posee una cara oculta, digna de descifrar…tras lo aparentemente previsible.

Rubén que es Raúl

Rubén, que puede que se llame Raúl, pero a mi me suena mas a que es Rubén, maneja un taxi. Hoy, mientras la llovizna me hacía cosquillas en la cara, Rubén estacionó levemente cerca del cordón y no pude más que subir a su auto. Podría haber seguido caminando la decena de cuadras que tenia por delante, podría nunca jamás haber conocido a Rubén, (que ahora me suena mas a Raúl)…ni haber notado como los bigotes se le escapaban tanto de las comisuras de la boca que inclusive de espaldas podía uno notar como se curvaban apenas sobre su sonrisa.
Raúl manejaba prudentemente. Los días de lluvia invitaban a que todo fuera un poco más prudente al volante. Sin embargo Rubén no llevaba puesto el cinturón de seguridad.
Pasaron las cuadras y note que además de la fiel compañera de todo navegante del asfalto, que casi siempre en A.M. mantenía conectado a Rubén con opiniones, partidos y publicidades con cantitos muy años cuarenta…Rubén, que bien ahora podría ser Raúl, además tenia una compañera muy siglo veintiuno: La gallega.
La gallega de Raúl me causo un poco de gracia. No tanto por ser como es, esa guía maquiavélica que invita a quienes deberían pensar y elegir rumbos, a entregarse a la aletargada maniobra del condescendiente que obedece ordenes., sino mas bien porque la Gallega de Rubén, que ahora es la Gallega con mayúscula…venia con Delay. Por lo que en las pocas cuadras que compartí con Raúl, la gallega en vez de indicarle a Rubén el camino, iba como haciendo un recuento del recorrido con una o dos cuadras de atraso. Pasamos entonces a través del viaducto, y ella nos recordó una vez afuera que efectivamente, debíamos prestar atención al túnel.
Y era inevitable: la radio perdía protagonismo, cuando la Gallega tan sutilmente, en su voz casi de guía de turismo, nos contaba un cuento, nos devolvía a esa imagen que la oscuridad del Viaducto nos había hecho sentir…tal vez sin darnos cuenta del todo que estábamos pasando por el mismo…ya que nadie nos había dicho que prestáramos atención.
Rubén tiene un bigote. Raúl también. Y creo que se siente menos solo teniendo a alguien que lo ayude a recordar el paso del tiempo, el recorrido de sus pasos, las huellas de un pasado. Rubén que ahora definitivamente es Raúl tiene sombrero y hoy me llevo a lo largo de diez cuadras por un viaje en el tiempo…en una dimensión que recorrió el destino, a once con cincuenta el viaje, el presente en frecuencia moderada a.m. nacional, y un pasado necesario siempre de recordar.
Menos mal que preste atención.

Y si alguien como Bob Dylan hubiera sido mi compañero de banco en el colegio?

No la iba a pasar bien… simplemente porque no estaba dispuesta a hacerlo.
Con diez años uno no analiza en profundidad los cambios como pudiera hacerlo mucho después…cuando en retrospectiva parecen como hitos en el camino que nos tocó recorrer. Sin embargo yo…que escribía en mi ¨diario intimo¨ desde hacia cuatro años ya…analizaba o reflexionaba demasiado…repito, demasiado las cosas. A esa altura, ya había en mis cajones varios de esos candaditos mentirosos que me hacían creer preservaban mis hojitas de secretos a salvo de miradas curiosas. Sólo entrada ya en la adolescencia, escuchando a una tía joven hablar de su hija a la cual yo había visto nacer, comprendí que los diarios íntimos de las niñitas son viles regalos de sus madres para lograr entrar en esa privacidad que les permite sentirse una vez mas dueñas de sus mentes…como si pudieran controlar todo lo que escapa a las palabras dichas.
En fin…yo, ese dia, ese primer dia de escuela nueva, no la iba a pasar bien. Pero nadie iba a notarlo. Asique mientras esperaba en fila junto a los que serian mis compañeros los próximos tres años, muy naturalmente le dije a quien tenia enfrente…¨te querés sentar conmigo?¨ …
Florencia estaba delante mio en la fila cuando determinamos ese pacto que nos evitaría quedar paradas frente a un salón inmenso y dudar. No importaba donde, quedaríamos las dos paradas frente a la inmensidad si no conseguíamos lugar. Éramos dos de las mas altas en la fila, asique entramos casi ultimas al salón… no importo nada…ella era buena alumna y yo también…ella me abrió las puertas al Úrsula y yo legítimamente o no, la ayudé con Ingles.
Saber que no era la única nueva no evito ciertas incomodidades, pero ayudo a no sentirme tan observada…nadie mas que un niño comprende las presiones que vive un niño. Los que afirman que son solo chiquilinadas…que el mundo en la infancia es maravilloso…que no hay cuentas ni lios que resolver…que no hay responsabilidades…realmente me hacen sentir pena. Olvidan que los niñitos…esos tiernos ángeles con flequillos desparejos, piojos y salivas en las comisuras de los labios, esos animalitos de dios que juegan y ríen con la misma facilidad con la que odian y lastiman, sufren. Y sufren mas que los adultos porque, bueno…simplemente porque están aprendiendo a sufrir. Y llegar al punto de la vida en la que sin llegar al metro y medio de estatura el sufrimiento o el dolor, la bronca y la decepción son tan grandes que mamá ya no puede solucionarlo porque las ¨enemiguitas¨ del colegio se burlaron de mi pelo…(nada mas ni nada menos que mi pelo, que no puedo cambiarlo ni cortarlo…y mi nariz que siempre fue así y que jamás había notado que parecía un gancho hasta que todos la señalaron en el colegio mamá!!!)… llegar a ese punto, es un antes y un después. Siempre. Lo recuerden o no.
Cuando entre al Úrsula yo extrañaba a mis compañeritos del anterior colegio…pero muchos llegaron al Úrsula huyendo de un pasado lleno de mamás incapaces de educar a los padres de los enemiguitos de sus hijos.

(prototipo)

Saberse oliendo a salchicha no era una buena forma de iniciar el día con algún propósito. Pero a Edgard ese dato se le escapaba por mucho, así como todo aquello que no seremos nunca capaces de percibir de nosotros mismos.
Edgard no era un tipo sucio, alguien que olvidara cambiarse las medias de un dia para el otro. Sin embargo ese dia sudaba oliendo embutido de un modo poco usual.
Digamos que la señora del quiosco no pudo evitar su gesto de repugnancia sino hasta que noto de quien se trataba y al retirarse Edgard ella supo que había logrado discimular lo suficiente como para no herir su masculinidad. Basto que cruzara la puerta del local para que muy a desgana encendiera un sahumerio viejo, prometiendo no cocinarle a su marido nunca mas salchichas.
Cuando al llegar a la oficina Edgard se saco el saco, tampoco noto como discimuladamente Rosita, desde el otro lado del pasillo entre abria la ventana al tiempo que cubria levemente su nariz en una mueca de interrogación. Las habría servido con pure? O ensalada?... Al señor Edgard no le vendría mal una dama que le hiciera una buena cena de vez en cuando.

(prototipo)

Desesperadamente intento no buscar las palabras adecuadas, en definitiva no existen…solo ordenar las que aparecen, a ver si entre tanto embrollo algo se filtra.

Ella había vuelto a despertar. Como si haberlo amado formara parte de una larga siesta que su existencia había necesitado hacia años. Despertar había sido como volver a nacer, doloroso, confuso, con algo de dolor en los pulmones y un resfrio fuera de temporada que nada tenia que ver con el cuerpo. Volver a nacer…pero tan así, tan indefensa como cuando todos pegajosos salimos de ahí dentro…al frio, a los ruidos y a la luz incadecente del primer segundo fuera de ahí. La siesta podría haber sido eterna, o un suspiro, pero en el recuerdo aun se presentaba como un estado del ser en armonía calma y mariposas por todos lados. Una siesta, nada mas…un descanzo de algo…de un estar despierta a todo lo que uno es de verdad. Un descanzo a todo lo que uno quiere olvidar que es y no es. Porque cuando alguien sueña con uno siempre hay algo que no le mostramos. El soño conmigo…o con alguien que el y yo también queríamos que yo sea.
No importa lo que yo soñé. Porque el soño mi siesta esta vez. Ni el sueño era mio…todo se lo deje a el, Y una vez mas me encontré no siendo yo, dejando que alguien mas asumiera la responsabilidad de mis quejas al despertar.

Ella no es ella, es yo.
No sirve desprenderse de algo en las palbras cuando ni siquiera lo podemos despegar de la almoahada. Del moento en el que me lavo los dientes, me preparo el café…cada polvito de la yerba que se escapa del mate tiene su cara y no es que sea doloroso, es simplemente algo que no tiene cuerpo, que es y no es. Que es en la ausencia de alguien…y no se bien porque debería ser doloroso, simplemente es algo que no cuadra, como si le faltara una pata a una mesa que acabo de comprar…y el hombre que la envía me mirara buscando mi firma en el remito de entrega sin eneteder porque tardo en firmar…y eso pasa en todo…todos alrededor actúan como si simplemente terminar con algo así, despertar de la siesta fuera lo mas normal de m,undo y no. No lo es.
No comprenden que despertar es como morir o nacer de nuevo???
Nadie se pregunta como es posible que hayamos vivido en el sueño de alguien y de pronto dejemos de ser eso que estaba comodo y descansando o simplemente empezando a descifrar lo lindo que seria ir por la vida con alguien, una sola persona que sepa todo de nosotros. Que conozca lo mas hermoso y lo mas bajo, que no se detenga a pensar en si vale la pena o no. Que le de sentido a todo este reloj perpetuo.

Me siguen diciendo que amar es como estar ciego. Que nada del otro o de uno es real. Sobre todo cuando no dura lo sufieciente. Me dicen que si, que me toco. Esa obnubilación por lo etereo. Esa facilidad con la que uno perdona lo mas doloroso y olvida lo mas traumatico. Porque es un sueño…del que cuando uno despierta todo se funde en detalles y mnas detalles y muchas imágenes que de nada sirven ahora.

Porque depsues de casi dos meses sigo escribiendo sobre esto? Porque anoche se me apareció en sueños. El tenia su cara pero era alguien mas. Era el primer hombre que me hizo llorar como si yo hubiera sido alguien mas, como si hubiera vivido el sueño de alguien mas. Y ese primer hombre y el ultimo resultaron ser en un punto muy sutil…tan distintos a mi como entre ellos. Significando lo mismo, con once años de diferencia.

(prototipo)

Si no hubiera sido así...tal vez en este momento podría incluso no estar recordando nada. Estaría entonces dejando que los hechos inmediatos delimiten la posibilidad de un futuro momento a recordar. Pero ahora, toda la situación me sumerge en una posibilidad inmensa y tan limitada como el tiempo, la de revivir detalle a detalle cada uno de los deseos, paso a paso los sucesos y lentamente ir creyendo que a medida que rearmo las secuencias un poco de eso que ya pasó, un poco de todo lo que fue y no puede ser , es, justamente...como lo recuerdo y no tanto lo que sucedió.
Un colectivo no es mas que un medio de transporte. Un vehículo común que no distingue genero, edad, no discrimina a quien huele mal ni a aquel que es muy alto siempre y cuando el sujeto pague su boleto. No cuenta tampoco el servicio con empleados dispuestos a informarnos con lenguaje de señas cómo se debe actuar en caso de emergencia, no existen salidas alternativas a las preestablecidas y éstas suelen limitarse al número mínimo par. Resulta curioso pensar que mientras uno viaja, ya sea una o varias veces en el día, durante todo lo que dure el trayecto comienza a formar parte involuntariamente de ese conjunto de seres que, aunque dinámicamente, conforman el grupo de “pasajeros de la línea tal”. Pero sin embargo si nos detenemos un instante mas en detalle, podemos suponer que es incluso momentos antes de ingresar propiamente al vehículo que ya formamos parte de tal tropa.
Disculpame por casualidad no tendrías fuego?, Si...acá. Gracias. Ahí comenzó todo. Supongo que fue a partir de ese “gracias” que comencé a prestar atención, que desperté de un no estar durmiendo para darme cuenta de todo aquello que hoy recuerdo y que vuelve entonces a suceder. Extender la mano con el encendedor y permitirle al desconocido encender su cigarrillo, sin motivo ir extendiendo la mano y escuchar al mismo tiempo un “gracias” que como cachetada pareciera haber sido el primer bocado de un banquete de futuras cachetadas. El desconocido hace uso del artefacto, que maravilloso invento pareciera estar pensando cuando yo del otro lado y sin dejar de exponer un poco mi mano siempre lista a recibirlo nuevamente, ya sé lo que me va a decir después. Termina su acto, con una mirada rápida corrobora haber encendido bien ambos costados de la punta del tabaco y entonces ahora, una vez mas...como ya lo había previsto, como siempre sé que va a suceder, al tiempo que extiende su mano, la que ahora inevitablemente se desprende del artefacto –porque entre viciosos los códigos son códigos y a ninguno se nos ocurriría que de pronto saldría éste corriendo usurpando mi propiedad- vuelve entonces a decir...”gracias”. Claro, cómo no iba a repetirlo...?
Es inevitable.
Buen dia, un peso por favor. En este segundo momento uno comienza a notar que, si bien dentro del vehículo no existen rangos ni castas, no está de más suponer que la simple interacción con las personas lo ubique a uno en un lugar o en otro indistintamente. Tras quién sabe cuántas horas de vivir al volante, con semejante simbolismo de poder, con infinidad de vidas a cargo, con la conciencia tranquila o dormida de quien convierte lo importante en rutina, lo definitivo en inercia, este hombre (y si es mujer me acuerdo de ella que me hizo sonreír una mañana cuando comprendí que el hombre no es mas que el hijo de su madre), recorre ciudades en recorridos repetidos pero que cada vez son uno nuevo, porque cada vez hay una nube mas allá o una vieja distinta cruzando la esquina, son uno nuevo cuando el edificio verde hoy escaló un piso más y ya no son dos los obreros sino cinco los pintores...un mismo recorrido en una ciudad que siempre y nunca es la misma. Entonces, como luego de horas, días, años de ser ignorado, éste ser, en una mañana cualquiera, escucha entre los ruidos de bocinas y la radio un “buen día...” quizás, me gusta pensar que por una suerte de cachetada similar, o menos interesante aun, por un mecanismo también un tanto repetido, elige condecorar al pasajero amable con un descuento de diez centavos, cobrándole en este caso el precio mínimo, por su buena educación. Uno pensaría que nadie más que el beneficiado se percata de tal atención, pero se equivocaría, la atención casi flotante de la tropa se mantiene alerta y el ruidito de la moneda que no debería haber caído tras el “un peso por favor”los despierta a una realidad en la que han sido castigados por desatentos.
Y todo eso sucede en simultáneo. Resulta inevitable notar el modo en el que la máquina nos indica en imperativo con una sucesión de letritas una verdad escondida en la incógnita nunca develada: “Indique su destino al chofer”. Claro que, subliminalmente, esta frase rebota en el imaginario de aquellos que como yo, hemos despertado consecuencia de cachetadas mil. En ese tiempo tan ignorado pero particularmente clave en el que uno dispara una mirada abarcativa hacia el espacio disponible, deduce en cuestión de segundos cuál será el ángulo que uno elegirá para observar por la ventana, comienza al mismo tiempo a desplazarse en una suerte de paso inseguro, en donde existe una cierta aceptación de todo espectador ante cualquier cambio de plan...y entonces uno se sienta al fin, allá al fondo, porque resulta mas fácil luego descender...y mientras todo eso sucede y se piensa y no se piensa y sucede y uno sin saber bien cómo se sentó ahí y no allá, es decir acá, y no allá ni ahí, se estuvo preguntando en simultáneo qué tendrá que ver ese sujeto ahora mismo, sentado tras el volante recorriendo la vida...qué tendrá que ver con la mía...cómo realmente influye en el tránsito, teniendo en sus manos algo tan absoluto como mi destino.
Basta con ubicarme en el asiento para que todo pensamiento se desvanezca en el aire, sin embargo será cuestión de horas o días para que, repetida la escena de inserción a la tropa vehicular, toda esa sensación reaparezca.
A mi derecha estaba sentado él. En este caso podría acudir a la generalidad y afirmar que uno no sabe bien porqué ciertas personas le llaman la atención. Podría continuar alegando, también de modo impersonal. que uno prefiere suponer que tendemos a ciertas preferencias nunca prejuiciosas ni estereotipadas. Prefiere suponer, se supone...pero aunque no sea particularmente ésta la situación, lo cierto es que puede que simplemente el haber estado sentado cerca, el compartir singularmente una cercanía, lo convirtió a él en aquel que se ubicaba a mi derecha.

Sabes que má?

Sabes qué ma, hoy Mariano me pidió un caramelo y yo no sabia si dárselo, porque era el último que me quedaba...se me enganchó en la costura del bolsillo del guardapolvo...y cuando se lo di me dieron ganas de decirle que era el último y que igual se lo daba, pero no le dije nada..., Bah, en realidad no me dio tiempo ma...porque en seguida se fue corriendo porque Tomás ya había empezado a contar y yo me quede ahí parada ma, porque le tendría que haber dicho que era el último...que era un regalo, que no daba lo mismo porque no tenia más, y yo ma, yo elegí dárselo a él y él no sabia eso ma.
Ella me dio un beso en la frente y tapándome bien con la sabanita rosa y la colcha naranja con flecos apagó el velador y dejando la puerta entre abierta para que entrara la luz del pasillo pronunció las palabras obligadas: que sueñes con los angelitos mi amor, hasta mañana. Cerré los ojos y me acorde del caramelo, no sabia bien si había sido de ananá o de limón...bostecé y paf!, era de limón, cierto.
Una mujer rubia medio flaquita y con rodete nos miraba desde el poster desgastado en la pared frente a la mesa. El tío le contaba a mi hermano de la vez que apostó con un gringo jugando a la generala: “en seguida le tache la doble y creo que Anthony R. Wilson, oriundo de Massachussets todavía no entendía las reglas del juego, pero no aflojó, ni siquiera cuando pensó que la escalera salía cuando los dados caían en filita...” (al decir el nombre ponía voz de locutor, grave y exagerada). Mi abuela desde el fondo de la cocina, no pudo evitar que se le escapara una sonrisita a pesar de haber escuchado la historia del tío miles de veces, siempre con un nombre distinto. La altura de la olla la obligaba a estirar bien el brazo cuidando de no mancharse la manga con la salsa. Toda la casa se impregnaba del olor al tuco de la abuela, casi tanto como mi remera de manchas después de comer. Yo sabía que en esa mesa los preferidos éramos siempre los chicos. No importaba cuántas veces se quejara mi viejo, si quedaban pocas salchichitas la abuela siempre las repartía en partes iguales entre mi hermano y yo, y solo en caso de que alguna se quebrara en el tenedor se la apoyaba a papá en el plato, con una seña cómplice acompañada de una mueca a nosotros de que seguro estaba fea y que mejor que la comiera él.
A la abuela le gustaba cocinar escuchando boleros, siempre que llegábamos la encontrábamos en medio de una melodía que tarareaba incluso mientras nos daba el beso de bienvenida. Pero mientras comíamos se apagaba todo. El tío sabía bien que si quería ver las carreras ese domingo mas vale que viniera a la hora del postre, porque de ninguna manera mi’jo, la mesa es de la familia no de los medios, decía. El postre nunca fue sorpresa, pero no importaba, porque de haberlo sido nos hubiéramos decepcionado. La yurupeta, ese menjunje lleno de amor que nos enseñó desde muy chicos a entender porqué dicen que no se come con los ojos. A primera vista resultaba una pasta medio marrón con textura de engrudo símil papilla. Lo cierto es que resultaba perfecto para jugar a revolverlo y que nos sintiéramos en todo nuestro derecho, porque con la comida no se juega pero con el postre es distinto. Manzana rayada, banana pisada y jugo de naranja. Todo ese pastiche mezclado y puesto a enfriar el tiempo que tardáramos en comer.
Esa tarde, después de los dibus y el cafecito con tortita, emprendimos la vuelta. Esta vez la abuela nos despidió desde la puerta, porque se iba al super, pero no sin antes buscar en la bolsita unos ricos caramelitos para el camino. Abue, a mi dame los de limón, los de limón!
Cuando íbamos en el auto decidí que esta vez le iba a decir a Mariano, aunque no fuera el último, que eran para él.

Me tocó

Me tocó vivir el nueve del nueve de mil novecientos noventa y nueve.
Me tocó ver la estrella fugaz, el acercamiento de Marte a la tierra, vi en mi infancia un eclipse de Sol.
Me tocó casi quebrarme un hueso y nunca usar yeso. Soñar muchas veces lo mismo, despertar llorando sin saber porqué.
Sentí el amor, creo que aunque sea un rato también el odio.
Viví el asombro hasta las lágrimas, la felicidad y la paz que me hicieron cantar y bailar.
Me tocó llorar triste y perdida por muchas lunas, decir adiós, temer a lo fugaz de esta vida.
Me tocó abrir los ojos y no saber quien era yo.
Me tocó imaginar y convertir fantasías en recuerdos de realidad.
Crucé fronteras solo en compañía de mi mochila. Vi el glaciar, la montaña de colores, el mundo de sal, la selva y los saltos, el campo y el avión...el cielo... subir y bajar.

Me tocó ganar una rifa, fui también ladrón de baratijas.
Me tocó la mentira, supe sin embargo ser amiga.
Viví el “Estado de Sitio”, tengo una tía desaparecida. Lloré de amor y fui puta sin cobrar.
Sé lo que es la locura, fui y vine, engordé y adelgacé.
Me tocó temer por mi vida, sentirme perdida.
Me tocó encontrar el camino, pedir el deseo soplando las velas.
Me tocó ver la enfermedad de la abuela, me tocó ver nacer nueva vida.
Vi el granizo violento en la montaña y en la ciudad; la nieve en Buenos Aires un nueve de julio del dos mil siete.
Viví soñar con él y saber que no puedo encontrarlo.
Supe ayudarla a ella y pagarle a la vida.
Viví pensar que lo tenía, ver el resultado y llorar de alegría.
Viví el silencio del olvido. Sé lo que es la negación, sé lo que es darse cuenta.
Comprendí que sentir nunca se entiende.
Te extrañé, te olvidé, te necesité, te usé, te perdí, te cuidé, te tuve, te tengo.
Recuperé amigos de la vida, perdí gente que no era gente.
Compré, vendí, negocié...tomé, aspiré, fumé, comí, nunca me inyecté.
Me tocó, la busqué.
Zafé.
Sobreviví.

8

Me fui dando cuenta muy de a poco en realidad.
Supongo que se trataba de una de esas tantas postales de la memoria, las que solo cobran significación cuando cada uno de los sentidos ya se han repetido una y mil veces, cuando una y mil veces se han evocado los mismos detalles, cuando recordarla un lunes lo intensifica todo un martes., cuando la imagen irrumpe en la cotidianeidad como un bostezo que nos deja a mitad de la frase y es entonces cuando teñida de significado la postal se instala, y todo lo que uno iba diciendo se derrumba y todo lo que uno creía estar recordando se eleva majestuosamente impregnándolo todo con un nuevo detalle como el aroma de un jazmín en primavera, siempre tan mas allá de una sola inhalación.
Me fui dando cuenta muy de a poco en realidad.
Como si frente a un lienzo fuera descifrando pinceladas ocultas, yendo de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha y nuevamente a la inversa para recomenzar como si fuera una pintura distinta, como si a medida que la estuviera viendo la imagen se transformara y me desafiara a reconstruirla. Tan subjetivo seria reducir la escena postal a mi presencia ahí. Tan poco fiel a los minutos que no fueron mas que eso, pero que hoy se me hacen eras completas con transiciones milenarias, con guerras y conquistas, con danzas y banquetes, desiertos mortales que nacieron de lluvias torrenciales y todo ahí, en unos cuantos minutos...todo acá, tan cerca, tan mío.

Basta con imaginar todo aquello que no puedo recordar. Basta con imaginar todo aquello que por mas que quiera aun no puedo recordar. Basta tan solo con esperar.
Lo se.

Tan terrenal como la tierra misma

Podrás algún día leer las mentes de aquellos que no esbozan sonrisa y pretenden el milagro de ser percibidos...podrás alguna noche abrir los ojos a mitad del sueño y ver tu alma espiándote dormir, pestañearás una o dos veces sin refregar tus ojos porque sabrás que el físico nada tiene que ver...entornaras sin embargo la vista pretendiendo focalizar aquello que tan lejano resulta pero que sin embargo sabrás se trata de vos mismo. Entretenido en un juego somnoliento creerás muy a pesar de lo real de la circunstancia que se trata de un sueño, tan solo un simple vuelco de la conciencia y dejaras que tu alma se vaya. Se ira paseando por recorridos que van mas allá de las paredes, mas allá del arriba y el abajo, volara entre la gente sin ser gente y modificara todo a su paso. Como el viento que sin ser visto lo rompe todo, lo dobla todo, lo desfigura y entonces alguien, quizás en una casualidad que modificara todo lo que quede del futuro de ese alguien...lo sentirá pasar. Y en ese sentir descubrirá súbitamente que estaba vivo, que había algo del alma de otro alguien, pero suponiendo que formo siempre parte de eso que cada tanto le permite abrir los ojos y mantenerlos abiertos por un rato. Ese rato que con o sin viento, cada tanto nos recuerda una divinidad que atribuimos siempre a algo pasajero. Entonces por un instante, ese viento, o ese abrir de ojos, o simplemente esa casualidad nos permite apoderarnos y manifestar esa ultra sensación, que lejos de ser divina es casi tan terrenal como la tierra misma.
Podrás algún día embotellar esos vientos, podrás mantener tus ojos abiertos y ver sin sentir las almas de todos aquellos que en un sueño profundo mantienen la ilusión de ser por siempre sus dueños...podrás entonces comprender lo simple que es apropiarse de la conciencia de no poseer nada, de saber que hasta el alma algún día se escapa para no volver. Despertaras entonces vacio, como siempre genuinamente estuviste, ya no abrirás ojos porque no tendrás ojos, ya no miraras cosa alguna pues no habrá diferencias entre eso, aquello y vos. Tendrás que aceptar que todo esto estuvo antes que pudieras verlo, que todo esto seguirá siendo mas allá de que dibujes con tus pasos huellas que tarde o temprano serán borradas.

Saber, querer, poder...

Saber. Querer. Poder.

Resulta muy simple puesto de esta forma.
Tres palabras bien delimitadas por su significado que sin embargo interactúan permanentemente.

“Se lo que quiero pero no puedo” es la más común.

“Puedo pero no se si quiero” suele ser también bastante frecuente.

“Quiero poder pero no se cómo” es la que más bronca nos da.

Ahora, si a estas tres variables le sumamos un nuevo factor, por lo general menos accesible a la determinación como es el “necesito”...

Podemos entonces plantearnos que:

“Lo que quiero puede que no sea lo que necesito entonces prefiero no saber”.

Y así supongo que podríamos combinar tantas variables como la matemática nos permita.
Pero me gustaría detenerme en esto último.
Quiero lo que no necesito, que seria como decir que quiero algo que me aleja de lo que realmente debería querer (¿por “mi bien”?). Entonces prefiero no saberlo. La verdad que no quiero que venga alguien a decirme nada. Si yo quiero es porque quiero y punto. Y no es capricho, es poder de decisión, es netamente el poder que se siente solo cuando uno se percibe libre de elegir.
Aun cuando la elección sea incorrecta. Aun cuando se trata de articular cual rompecabezas las piezas centrales “saber-querer-poder-necesitar”.
Y yo necesitaría que todo lo que quiero (léase como algo más allá de lo objetivo) coincida con lo que puedo y que por sobre todas las cosas yo pueda estar bien segura de que se que lo quiero.
No vacilar. No ir en búsqueda de la comprobación.
“Ahh, como no se si puedo entonces quiero mucho mas eso que no se si puedo. Y que seguro no lo necesito pero si necesito sentir que pude con algo que quiero.”

Simple pibe, no entendiste todavía?

Me gusta y no me gusta

Me gusta ese momento en el que siento la libertad absoluta de elegir entre terminar primero el café o el cigarrillo; cuando camino por la calle y me cruzo con alguien que va cantando o silbando. Me gusta cuando me subo a un colectivo y me doy cuenta por algún graffiti que es el mismo en el que viajé el día anterior; cuando medio dormida siento una caricia en la cara, me gusta tardar en darme cuenta que era la cortina y pensar por un instante que alguien de sorpresa me vino a despertar. Me gusta cuando en una película cualquiera aparece una escena de improviso que sin esperarlo me emociona hasta las lágrimas haciéndome sonreír al mismo tiempo.

No me gusta que se me pegue la melodía de una canción durante todo el día y no acordarme la letra; pisar mierda en ojotas; que me pique un mosquito en el dedo chiquito del pie. No me gusta quedarme sin puchos en una noche de inspiración. No me gusta la gente que usa jopos; encontrar un pelo en la comida. No me gusta que a medida que crezco el tiempo pareciera ir mas rápido; la gente que se desmerece esperando que la contradigan. Definitivamente no me gusta la cara de Mirta Legrand. No me gusta haber entrado a la ducha y darme cuenta ya mojada que no agarré toalla.

Me gusta que mi sobrino de cuatro años redefina ciertos significados, me gusta contarle cuentos para que se duerma. Me gusta cuando me despierto y todavía tengo media hora hasta que suene el despertador. Me gusta cuando la locura de la gente en la calle no me afecta y puedo sonreír a pesar de ir apretujada en el subte. Me gustan los fideos con tuco; que la gente me sorprenda dándome un fuerte abrazo. Me gusta decir algo y que resulte gracioso sin haber sido la intención; soñar que vuelo; ser la hermana mayor.

No me gusta no saber quién sos; no saber hablar ni escribir en chino. No me gusta que me digan señora; que se confundan de gusto cuando pido helado a domicilio; los padres que discuten frente a sus hijos; los pájaros en jaulas. No me gusta que un recital de Byork salga tan caro; la gente que elige no elegir. No me gusta olvidar recordar.

Me gusta saber que tengo a alguien a quien mandarle esto.
No me gusta que la gente piense que puede encontrar paz evitando vivir.

Me gusta estirarme para despertar al cuerpo; ver las hojas de los árboles bailar por el viento; dormir con un pie afuera de la frazada aunque sea invierno; me gusta acordarme de las canciones que me cantaban de chiquita; sentir esa sensación de no querer terminar nunca un libro por estar disfrutándolo mucho.

Ana se sentaba seguido a sonreir

Ana se sentaba seguido a sonreír, le bastaba a veces con evocar algún recuerdo.
Otras simplemente de la nada sonreía y solo después de sentir la cara relajada y el alma calentita, se le ocurría algún motivo al cual atribuirle esa sonrisa, que entonces pasaba a ser más y más linda.
Ana solía elegir lugares tranquilos para sus sonrisas.
El botánico en los días de sol, la costanera norte si estaba nublado, los barcitos de pocas mesas en invierno. Preferiblemente sus sonrisas las esbozaba fuera de su casa, pero en caso de no querer salir, era fundamental que pudiera ver el cielo. Alguna ventana en los días de lluvia, el balconcito una noche estrellada, la terraza si hacía calor, todos servían de escenario.
Cada sonrisa era distinta a la anterior e imposible de reproducir. Alguna que otra vez el recuerdo había logrado que sin querer se le vieran los dientes, otras, muy despacito en presencia del pasado únicamente, ella había tenido que morderse el labio inferior en una sonrisa pícara.
Ana necesitaba sonreír.
Conocía mucha gente que al igual que ella se valía de ciertas mañas para terminar o empezar el día. Pero muy pocas entendían bien cómo era que Ana lograba sentirse feliz con tan solo sonreír. –Pero si un día estás de mal humor o triste? Cómo haces? Le preguntaban aquellos a quienes ella había supuesto posible trasmitir su intimidad. Al notar en seguida que ese tipo de preguntas evidenciaban lo contrario, ella tan solo decía ‘no sé’ y cambiaba de tema.
Para Ana sonreír era como para algunos la meditación. Hay gente que puede y gente que no. Inútil le resultaba intentar explicar. Por lo que desistió. A pesar de los intensos deseos de que al igual que ella, otros pudieran sentirse así.
Le gustaba acordarse de cosas que la habían sorprendido generándole sonrisas multicolores.

Una noche, después de un día en extremo triste Ana no se podía dormir. No había podido, a pesar de los intentos reiterados y casi desesperados, sonreír. Entonces a mitad de la noche en la oscuridad de su cuarto, sin querer fijó su vista en la almohada pretendiendo acomodarla y súbitamente se quedó quieta. Entornó los ojos y lentamente fue descifrando con la vista que en los pliegues de la funda de la almohada se había formado, de manera casi perfecta, una cara. Una cara sonriente. La sonrisa que se dibujó en sus labios esa noche se multiplicó luego en su sueño. Hoy no recuerda el motivo de la tristeza de ese día, pero jamás, jamás olvidará la sonrisa de esa noche.
Ni a esa almohada, claro.

Un tiempo de insumos confundidos

Un tiempo de insumos confundidos.
La pagina anterior al final del libro, el primer capitulo.
Era como la niebla del espejo del baño, podías dejar una huella fugaz, creerías que era eterna, sabrías que se convirtió.
Los trenes que sin rieles te pasaban de largo, los veías por la ventana pero suponías que sin rieles no llegarían a ninguna parte...
La anteúltima pagina del libro, el ultimo capitulo. Un tiempo de suponer...
Caracteres de una obra sin dirección, actores del ultimo guión.

Un colchón de buenas intenciones, una ronda de café, un paisaje de siluetas mejor talladas, un sin fin de sensibilidad.
Neurosis en la calma, salud mental en la ronda de café.

La misma sangre sobre los cojines del saber. Música, cantantes, risas y miradas...
-estas bien? Tenés sueño?
Bostezos y sonrisas, pensamientos oscuros como única mancha de la velada perfecta.