No lo pude tolerar.
Salí como si hubiera sido escupida a la calle oscura. No me importaba caminar sola, no me molestaba de hecho estar casi desnuda con un gran porcentaje de mi ropa entre mis brazos. Llegué a la esquina mal iluminada y en la intersección de calles pude percibir lo desolado de la zona. Tampoco me incomodó el no estar segura de dónde me encontraba. Haberme ido me proporcionaba un alivio que ninguna otra circunstancia podría opacar. Me sentía sucia, cansada y una taquicardia se apoderaba lentamente del ritmo de mi pulso...acelerándolo, impidiéndome respirar. Me acerqué a la entrada de una casa, me senté y dudé por un segundo: prender un cigarrillo o ponerme la ropa...ponerme la ropa y después prender un cigarrillo. Fue ahí, cuando el nudo de telas se desarmó, que me di cuenta que había olvidado mis botas. Quería gritar pero putié, no tanto por tener que andar descalza sino porque realmente me gustaban esas botas. Aspiré nicotina como si fuera algo más...las ganas de gritar me sobraban en el cuerpo, pero la oscuridad me recordó lo expuesta que estaba al crimen. Sin embargo por alguna razón no podía sentir miedo. Estaba a salvo, me había ido. No se me ocurría que pudiera suceder algo peor de lo que acababa de escapar.
Pité una, dos, tres veces el cigarro. A la cuarta vez sentí un sabor amargo, algo húmedo y espeso. El hijo de puta me cortó el labio. Me reí cínicamente cuando en voz alta me dije “por lo menos fue ese solo”. El cigarrillo no alcanzaba, necesitaba algo fuerte y empecé a caminar. No tenía un peso encima pero eso nunca me había impedido una copa.
A las dos cuadras escuché un grito a la distancia que sólo sirvió para sacarme del transe. Tendría que haber gritado así yo, no sé porqué no grité así o más fuerte. Si sé. De nada servía mas que para agrandarme el tajo del labio. Estaba en una zona en donde un grito de ese estilo no parecía desentonar. De hecho nada parecía dejar de formar parte de toda esa escena.
Llegue a “ La coja Bizca” y entré. No había mesas, sólo una barra y una mesa de pool. Nadie pareció mirarme nada más que el escote y el culo. Pasé directo al baño con ganas de castrar a cada uno en el camino. No había espejo ni agua. No me sorprendió en lo absoluto, tampoco contrastaba el agujero en el piso que a falta de inodoro yacía rodeado de mierda. Un trago de vomito me subió la traquea pero no salió. No supe bien porqué seguía ahí adentro así que volví a la barra.
Un gordo pelado con apariencia de mal tipo me cedió su banquillo. Supongo que fue el primero en notar mi cara y mis pies. Pero no parecía sentir nada frente a eso, es más, en ese momento pensé que era probable que se sintiera con suerte: una mujer como yo, descalza y golpeada, tal vez le cobrara barato por un afelatio no muy fugaz. Eso mostraba su expresión y decidí sacarle provecho.
-Che, “Sincue”, no todas las noches un espectáculo como éste no? Que me decís?
La pelada grasienta del gordo era habitada por un puñado de pelos que no llegaba a ser mechón y que diagonalmente le dibujaba una línea más aceitosa aún.
“Sincue”, del otro lado de la barra, me acercó un cenicero y se apiadó de mi labio alcanzándome una servilleta con un gesto para que me limpie. No era pelado ni gordo. Sus ojos dejaban ver una expresión resignada, invadida por la nostalgia de quien cumple condena en soledad.
Mientras el grasiento me seguía observando, apagué el cigarrillo dejándole ver que no me intimidaba su lujuria. Sin levantar la vista de la brasa que iba extinguiendo lentamente con la presión de mis dedos, le pregunté a quién se la tenía que chupar para que alguien me invitara un trago. La grasa casi salpica de esa bocha que se sacudió de la sorpresa, con los ojos desorbitados y una sonrisa que mostraba su falta de dientes, “la grasa gorda” me preguntó:
–Blanca la señorita?-
Si. Ron.
“Sincue” suspiró comprendiendo lo estúpido que demostraba ser su cliente al ilusionarse y me sirvió una medida considerable. De un sorbo me volvió el alma al cuerpo. El gordo empezó a preguntarme algo que no escuché porque me di cuenta que me había clavado algo en el pie, algo que quedaría ahí. El dolor no llegaba a sentirse. El labio había dejado de sangrar, bien podía empezar a hacerlo el pie.
Cuando dejar de escucharlo ya no alcanzó y la insistencia de ese individuo desdentado me apresuraba el trago para irme lo mas pronto de ahí también, se escuchó del fondo que alguien caía peso muerto y junto con él una botella se estrelló en el suelo. Mientras “grasa” descuidadamente se volteó para ver qué había pasado, terminé mi ron de una, al tiempo que con una mirada le agradecía a ese hombre triste cuya cabeza no se separaba del cuerpo.
“Sincue” me guiño un ojo, y me fui.
9.30.2007
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