-“Donde está mi corazón, puedo verla ya?”-
Una voz. Se parecía a la de mi tía Carmen.
-“Ah, perá porque hay un candado acá.”-
Otra voz. Una imagen, luz entre dos párpados que se entreabren, pero pesan y se pegotean... no tardan en cerrarse. Me ayudaron a pararme, cuidando que no me cayera. Una puerta y un pasillo.
-“Podés solita?”-
Mover la cabeza, fruncir el ceño y caminar hacia donde me llevan. No saber quién soy ni dónde estoy, no recordar nada, ni el segundo que acaba de pasar.
Lentamente sentirme un poco individuo. Saber mi nombre y estar cansada. Entregarle a un hombre mi mochila. Con dificultad tratar de pedirle que me la deje y escuchar
-“no, acá hay reglas sabés, dámela y cuando te vayas te la doy”-.
Cuando me vaya...
Dormir. Esta vez sin candado en las muñecas, sin tantas drogas encima. Silencio. Una ventana que da a la calle. Sonidos que no son mas que ruidos. Dormir.
Un despertar en la institución totalitaria de Goffman. Caminar por el pasillo largo, no recordar cómo ni cuando subí las escaleras que ahora iba bajando. Mirar a los costados, intentar ubicar los cuartos y los pasillos para saber cómo volver a mis cosas, a mi ropa, a una cama que no quise abrir y a una ventana que daba a la calle. Cuando bajé ya era la hora del almuerzo. Sería la primera y única vez que me dejarían dormir de más. Seis mesas de roble largas y mucha gente. El comedor olía a humedad, la pared del fondo chorreaba agua y los cuadros en las paredes parecían derretirse. Busqué una silla y traté de no escuchar los murmullos.
Justo frente a mí estaba sentada Maria Elena quien no tardó en presentarse:
-“Vos sabés cuándo me internaron a mi?...no me acuerdo desde cuándo estoy acá, cuándo me internaron a mi?”-
Vestía una bata de dormir celeste con un cuello bordado en blanco que combinaba con su pelo gris y sus ojos infantiles. Tomé mucha agua, recordaba que era necesario para eliminar las drogas. No recuerdo si comí.
Vino él con la cuchara y el polvo, en la otra mano el tapercito de medicaciones prolijamente organizado por apellidos y horarios.
-“A ver, abra bien la boca, usted tiene fama, por eso molida, dale, a ver...” –
- “Ahh, no!!! A mi ésta ya me la hicieron pasar, yo no tomo nada que no me abran enfrente entendés!!, yo no sé lo que me das ahí, así que no me jodas!”-
Al ver que me alteraba giró la vista en dirección a la mesa de los médicos y dejó registro de la situación con un movimiento de cabeza. Por la noche tomaría dosis doble.
La digestión. Pasto y sol. Cemento y bancos, pasto y sol, un regalo al alma.
Rodeado de edificios el patio parecía en construcción. Me descalcé y me puse a juntar colillas de cigarrillos que acumuladas en el pasto contaminaban la visión. Los internos me miraban, algunos se reían de la inutilidad de mi tarea.
-“para qué los juntas?, si los siguen tirando, déjalo así”-
Richard estaba sentado en el banco del fondo a la sombra con Alicia. Los dos rondarían los sesenta años. Él cebaba un mate listo taragui y ella con las rodillas juntas y la cabeza gacha movía sin cesar los pies hacia arriba y hacia abajo, como si quisiera entrar en calor. Ninguno hablaba con el otro, no hacia frío, imagen postal. Karen se acercó al banco porque Richard tenía galletitas de vainilla. Al ver el tamaño de Karen comprendí que no era buena idea que comiera galletitas así que se las pedí y sin decir palabra me las llevé a la otra punta del patio. Ella no tardó en movilizar su masa corporal con un esfuerzo tremendo para buscarlas. –“No te las lleves”- me dijo con una expresión de sufrimiento tal que no pude evitar agregar calorías a su realidad.
Mientras todo y nada sucedía, mientras comprendía lentamente sin darme cuenta que lo iba comprendiendo... me senté junto a la baranda, de frente al sol. Los que se iban sentando a mi alrededor conversaban y me miraban como esperando que diga algo. Yo sin embargo, estaba pendiente de la posición en la que debía ponerme para que el satélite tomara un buen ángulo de mi cuerpo. También levantaba la vista una que otra vez al escuchar el llanto de un bebé que se oía desde alguno de los balcones. La primera vez que lo escuché se me llenaron los ojos de lágrimas y supe entonces que era una prueba que debía superar: no debía llorar o ellos lo sabrían.
-“Vos crees en Dios?, hoy va a venir Dios y te va a decir que te podés ir.”- me dijo César. Los demás me miraron esperando respuesta pero sentí que responderle implicaba un esfuerzo mayor a la hora de elegir las palabras y gastarlas en alguien que no me cayó bien. Alterada me levante y entré. Salí del patio. Entrar era salir y todo lo que sucedería en adelante se regiría por las mismas reglas.
Tardé un poco en adaptar los ojos a la sombra hasta que volví a encontrarme con el mismo pasillo, el primer pasillo. Alguien salió de una de las puertas, tenía los brazos lastimados con cicatrices, muchas, rojas, un poco antiguas en una piel blanca, marcas de un pasado que cada día se le presentaba indeleble impidiéndole negar, desarmando en cada recuerdo la posibilidad de ser mas allá de lo que había sido. Se fue tan rápido como apareció.
Mientras se iba, del otro lado, él bajaba las escaleras. Estaba vestido a la moda y tenía unos auriculares colgando del cuello. Seguro ya lo habían contactado ellos, él tendría información. Me senté en la escalera impidiéndole el paso. Lo ametrallé a preguntas que con los ojos bien abiertos se cuidaba de responder convenientemente. Violencia. Le dije que viniera conmigo, me paré y abrí una de las puertas del largo pasillo que daba a uno de los cuartos. La misma puerta llena de cicatrices.
-“No, no, mirá, yo ya tuve muchos problemas, no se puede entrar una mujer y un hombre solos a un cuarto, no sabías vos?”-
-“Dale, qué?, te da miedo?”-
Me reía mientras lo miraba y miraba la puerta abierta, lo volvía a mirar a él y entraba medio cuerpo a la habitación. Violencia en mi mirada, agresividad con urgencia de información y él que no entendía. Se fue.
Me sentía cansada y entré al cuarto en el que hacía más frío. Al cerrar la puerta la oscuridad fue total y una vez más sentí que estaba superando una prueba: debía ser ciega y superar las circunstancias, ellos me verían. Encontré lánguidamente una de las tres camas y me recosté en posición fetal. Sentí presencias, no estaba sola. Por algún motivo supe que había habido niños chiquitos en esas habitaciones, niños que hoy estaban muertos. Supuse que se divertirían asustándome por lo que me anticipé y les empecé a cantar una canción.
-“Uno, dos y tres indiecitos, cuatro, cinco, seis indiecitos...”-
No se notó lo nerviosa y asustada que estaba. Cuando terminé de cantar me sentí relajada, les había gustado la canción.
-“Ahora chicos, ojito con portarse mal, eh? no se lastima a la gente, no quiero ver más cicatrices en los brazos de nadie, esta bien?”- dije en voz alta. Salí de la oscuridad otra vez al patio, tomándome fuertemente un brazo con el otro y refregándome las muñecas en un intento de caricias que acaso curarían cicatrices ajenas.
12.10.2007
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