Miraba por la ventana mientras Roger sacaba la basura. Ese conserje, gordo y oliente a ajo siempre olvidaba mi nombre, solía llamarme señorita en un intento sobrio por disimularlo. Desde el segundo piso de la pensión, con el pelo suelto y vestida tan solo con una bata encendí mi anteúltimo cigarrillo., el humo se escapó por la ventana formando una pincelada gris que se esfumó rápidamente. Me senté y comprendí que jamás vendría. Seguir esperando era en vano. No perdería mas tiempo. Entre bocanadas me vestí sin prestar atención a nada.
En ojotas cruzé el pasillo repleto de pelusas y colillas, algún que otro chicle. Cuando pasé delante del 13.c, no pude evitar escuchar que una vez más la turca pagaba para que la sacudieran. De no ser por don Felix, quien vivía en medio de ambas, podría perfectamente haber llevado la cuenta de sus gastos este mes, era una suma importante la que dedicaba esa mujer a su placer carnal.
No sé bien que salí a buscar. Tal vez un poco de movimiento, agitar la mugre que se junta en las ideas en noches en las que no viene, cuando había dicho que lo esperara, desnuda bajo la bata, fumando, como siempre le gustaba verme al cruzar la puerta. Por lo general ese momento yo me lo perdía. Ese momento en el que la puerta verde corroída chillaba para sumergirlo en la nube hedionda del cuarto. Por lo general yo ebria miraba por la ventana o me entretenía descascarando el yeso de la pared que bordeaba el marco de la cama, pero nunca, nunca lo vi cruzar el marco de la puerta. Lo descubría ahí, ya cuando la puerta se cerraba a su espalda.
La esquina siempre era refugio de almas sedientas de compañía. Maco solía pararse levemente apoyado en el poste luciendo su galera reluciente y en harapos. Verlo a contraluz sosteniendo su pipa y observando cómo pitaba casi seductoramente me hizo pensar que quizás, en otra vida, hubiera podido habitar mi cama. Pero Maco era de los que emanaban conflicto de solo rozarlo. Un hombre que nunca era el mismo por dos noches seguidas, un hombre que podía sorprenderme con un ramo de flores y luego fulminarme con la mirada amenazando un golpe por tan solo quedarme en silencio. Vivía en paranoia constante, era un fugitivo de la ley y todos podrían traicionarlo. Sin embargo no dejaba de relacionarse con cuanto sujeto cruzara la esquina buscando negocios. Era un comerciante de ilusiones. Endeudarse con Maco era dejar de vivir para cumplir.
-Pero que espectáculo me regala la noche, que hombre afortunado que soy viéndola llegar a mi rincón.
-Eme. De buen humor tal vez?
-Solo por saber que existe la posibilidad de estamparla en este poste y regalarle el orgasmo de su vida.
-No lo dudo querido, pero es mi último cigarro, todo puede esperar.
-Puedo inventarle un mundo paralelo, mi reina. Puedo y lo sabe muy bien.
-Hoy no Eme. Hoy el placer es sostenerme en pie y alternar entre el amor y el odio para no olvidar que vivo un poco más allá del letargo.
-Querida. Otra vez la dejan esperando. Un insulto al género que existan hombres que la dejen esperando. Cuán equivocados aquellos que confunden lo importante en esta corta vida. Ningún buen tango resultaría de hombres como él.
Me senté en el cordón de la vereda y él me imitó. Los dos fumando mirando al suelo bajo la luz del poste un poco tenue, en una esquina que esa noche nos encontraba solos y en silencio.
Y súbitamente comprendí que los roles se alternaban. Ahora era él con su pipa quien me esperaba. Y yo, a pesar de estar ahí, a su lado, lo dejaría esperando.
Ningún buen tango resultaría jamás de mujeres como yo.
1.05.2008
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