8.19.2007

CHEZ-TOI

El domingo.
Mañana es también, pero yo me refiero a el anterior. Estábamos él y yo. Sentados frente a frente, absortos en el pensamiento. Un pensamiento unificado por las circunstancias, pero opuesto...pensábamos juntos pero compitiendo. El silencio confundía por momentos las ideas...ambos habíamos ya apagado el cigarrillo y retomábamos la completa atención.
La demás gente de la casa respetaba este ritual, un espacio de silencio y soledad. En el que solo él y yo frente al tablero. La siguiente movida le correspondía, yo estaba a la espera...pero alerta. Él me había enseñado todo lo que yo hacía años venía perfeccionando. Ganarle no era solamente ganarle, era como ganarme a mi.
Entonces lo sentí en la piel. Ese momento, ese segundo, ese instante infinito quedaría grabado para siempre en mi alma, recordándolo a él, a mi, a nosotros así...Supe entonces que escucharía por siempre el silencio penetrar en los oídos y que el aroma del parissienne apagado a mi izquierda quedaría impregnado en la memoria. Por siempre esa imagen sería causante de sonrisas, evocando un instante en que nuestros pensamientos se fusionaban... seguían fusionados...pero yo sabía que no podía ser eterno, que como todas las imágenes vívidas esa también dejaría de estar como suspendida en el tiempo, en una burbuja de calma y conciencia de atemporalidad, para que algo o alguien o yo misma le devuelva su cuota de realidad. Entonces él movió.
Dejé de ser espectadora de la escena. Enseguida olvidé que algún día estaría recordándonos, para empezar a dibujar ese destino que nadie nunca hubiera podido haber determinado, nadie excepto yo, que ahora sí elegía adelantar la dama y olvidarme que en realidad para la movida que venía planeando, me faltaban dos movidas...me sobraba una de sus torres y mi rey había quedado demasiado expuesto. Opciones, que son mil, que son dos, que es una, pero que son siempre todas al mismo tiempo., opté por atacar. La dama ya estaba en posición. Me sobraba una torre, me faltaban dos movidas para posicionarme y él, él no estaba fumando.
Entonces sucedió. Esa alternativa no había tenido contemplación, inesperado resultado. No estaba fumando, pero igual... igual se equivocó. Adelantó la torre que me sobraba y acto seguido la perdió. Supimos entonces que en dos movidas era jaque mate, él había perdido.
Nada hubiera impedido que esa tarde se grabara en mi memoria. Indiferente me hubiera sido el resultado de la partida, el orden de los hechos, si hubiera llovido o si el gato no hubiera venido a distraerme al inicio del juego.
Pero sí hubo algo que marcó la diferencia. En mi estrategia, muy en mi interior, hubo una posibilidad que no tuvo contemplación. Me sorprendí con su error.
Pero si bien no era la primera vez que le había ganado...no fue por haberlo hecho que sonreí aún más.
Fue por no haber imaginado nunca, por no haberle dado espacio a la duda, por asumir que no, que él, mi papá, no se iba a equivocar.