
El portazo sonó hueco. Desde el fondo del pasillo el sonido irrumpió en mi dormitorio generándome un estado de confusión, en el cual sabía positivamente que no podría permanecer por mucho tiempo. Pateé la sábana, muy lentamente, como quién respeta el tiempo de cada miembro del cuerpo para despertarse...abrí del mismo modo mis ojos e intenté descifrar si era de día o de noche por la luz del ventanal. Un viento me ayudó a desperezarme y la sed me terminó de convencer. Había que salir de la cama. Una vez sentada sobre el colchón escuché, como si viniera de la casa del vecino, a Piazzolla, y lo entendí todo.
Piazzolla puede significar muchas cosas. Primero que nada la música sonaba en mi casa, porque a Doña Rosa solo le gusta la cumbia o en todo caso Sandro, pero al maestro no lo va a escuchar jamás. Segundo, cuando Martina escuchaba Piazzolla era hora de poner la pava y asumir esa responsabilidad.
Mientras sacudía el mate inercialmente, sin darme cuenta de la acción que mi brazo había resuelto, la acción no sólo de decidir actuar sino por encima de todo lo otro: actuar (un poco haciéndome el favor hasta que me despertara), sentí que subió el volumen...así que me fijé el agua, faltaba un rato. Subí el fuego. El volumen alto no era buena señal. Pero no concebí en absolutamente ningún momento, ni lo hubiera hecho jamás, el entrar despojada del mate. Me fijé la hora y enseguida me arrepentí, hubiera preferido no hacerlo. Para qué hay que enterarse de esas cosas cuando en nada modifica enterarse. Si llegás tarde y ya sabés que vas a llegar tarde. De qué le sirve a uno fijarse cada cinco minutos el reloj, como si esa ansiedad de medir el tiempo con la mente dejara de inquietarnos. Pero uno tiene que saber. Es así.
Con el mate en la izquierda, termo bajo el brazo y puchos en la derecha crucé el pasillo. La encontré en posición fetal jugando con un hilito que parecía ser el misterio sin descubrir del universo. Levantó la vista mi bien mis ojos ubicaron su mirada y suspiró. No pude evitar el gesto de resignación y la mueca medio en chiste medio en serio del ‘y ahora que’...pero ella sabía. No había mucho que explicar. Los primeros dos mates se los cebé en silencio. Antes del tercero bajé el volumen y me prendí un pucho. Silencio. No había nada que preguntar, solo escucharla. Yo sabía que ella valoraba más mi espera que incluso mi presencia ahí, sentada, a las 4 menos cuarto de la madrugada. Hay tanto más en los silencios, en entender que el que está a punto de escupir tanto sentimiento : necesita tiempo. Ese mismo que necesitamos medir pero que cuando los mates pasan y Piazzolla suena, no existe.
Cuando estiró la mano y me pidió el pucho la miré de nuevo a los ojos. Había angustia... era de esa que llega de la mano de la confusión. Esa pelota en el pecho que duele porque hay algo que no entendimos y que nos impide creernos la mentira de que algunas cosas las podemos controlar.
Silencio. Una vez más estiró la mano, esta vez sacó del primer cajón un papel. Desplegó el bollito y me leyó en voz entrecortada lo que decía.
"La vida es una gran parodia general en donde uno si es exclusivo, no se siente vivo. El entorno de su vida lo hace más atrevido.
Cómo me gustaría conocer el amor para que cada día que pase no se abra una página del libro del dolor."
Tragué saliva. Pité el cigarrillo. Yo también me angustié y eso me enojó. Cuando terminó de leerla me miró como si de lo que yo dijera dependiera la vida de alguien, estaba nerviosa y ella también pitó el cigarrillo, pero sin dejar de mirarme.
Mate, silencio, cigarrillo, Piazzolla, mate, silencio pero Piazzolla.
Por suerte entró Jesús y nos devolvió un poco la realidad. Jesús tenía la particularidad de ser un gato que se llama Jesús. Lo cual hacía que estuviera en boca de muchos. Cuando uno se llama Jesús suele pasar eso. Con Martina siempre recordábamos cómo había sido que llegó Jesús a nuestras vidas. Debatíamos si fue él el que nos encontró a nosotras o al revés. Por la manera que tenía de observarnos y los gestos que descifrábamos suponíamos que alguien a través de él (porqué no él mismo?) participaba de las conversaciones. Esa noche cruzó la puerta y se sentó justo en medio de las dos. Ninguna dijo nada, pero lentamente Martina se recostó sobre la almohada y yo estiré las piernas. Entonces el disco terminó.
No era la primera vez que nos pasaba esto. De haberlo sido ninguna de las dos hubiéramos podido, como de hecho hicimos, intentar poner en palabras lo que esa noche significaba. Lo que ese papel significaba. El silencio en este caso no era un opción. Hay cosas que si uno calla o niega éstas terminan por desviarlo y las dos lo sabíamos muy bien. Demasiado bien como para cometer un error semejante. Sin embargo, así como la felicidad que uno puede llegar a sentir es absolutamente proporcional al sufrimiento que uno también conoció, en este caso ambas dos percibimos que el sagrado silencio solo podía ser destruido por ciertas palabras. Ninguna sabía hasta entonces por donde empezar.
Cuándo fue la última vez? Pude decir. Hubiera podido. Pero no lo dije. Lo pensé, lo gesticulé...y ella asintió. También empezó a intentar dejar de olvidar. El silencio ahora si era total, o parcial si elegíamos prestar atención al motor de la heladera o al depósito del baño de Doña Rosa. Como harta de tanta tensión me paré, agarré a Jesús y acariciándole el lomo caminé por la habitación. Ahora mis pasos sonaban y mi espalda descargaba un poco el peso de tanto alboroto mental.
Hacía demasiado tiempo que estábamos en silencio. Cuánta cabeza tiene uno en el cuerpo. Me incomodó mas eso que todo lo que veníamos pensando, así que por fin le dije que me volviera a leer el papel. Cuando terminó la miré, como autorizándola a que me cuente. Ahora ya era momento de entrar en los detalles que de nada sirven pero que lo son todo, absolutamente todo. Me contó evitando sumergirse en banalidades, que había sido de noche, el miércoles anterior. Que estuvo ocho horas también. Al llegar a este dato se quebró. No lloró mucho, solo lo suficiente para seguir hablando. Otra vez el hilito entre sus dedos era el centro del universo...pero ya no un misterio. Mientras ella lloraba me volví a sentar y cerré los ojos. Yo sin llorar lloré un poco también. Jesús se me escapó de las manos y se fue del cuarto. Otra vez las dos solas...pero ya no presas del silencio. Ocho horas, repitió. Ahora sí ella necesitaba que yo no espere mas y le pregunté:
Donde?,
En palermo, en retiro. Después...- y al llegar a esta palabra abrió los ojos grandes, como advirtiéndome que ella se sorprendía tanto que temía un poco que no le creyera- en 7 colectivos diferentes. -.
Otra vez el silencio. Esta vez necesité desviar mi atención a uno de esos pensamientos que ayudan a descomprimir. El mate. Si hubiera sabido de qué se trataba todo esto le hubiera puesto yuyos. Qué lejos estaba ahora de mí la persona que fuí en la cocina. Esto lo redefinía todo.
Martina estaba asustaba. No quiso uno cuando le ofrecí...-debe estar lavado- me dijo. Pero yo la conozco a Martina, no podía tragar ni agua a esa altura de la noche. Me lo tomé yo. Me prendí otro pucho y la miré a los ojos. Muy seriamente le dije – esto lo hablamos hoy sin falta- y por primera vez desde que entré al cuarto dejó de jugar con el hilito.
Cuando dos personas se conocen tanto, preguntar cosas del tipo ‘estás segura’ hubiera sido un insulto. De golpe me invadieron imágenes de esa noche, tal y como si hubiera estado con ella. La vi confundida en la parada del colectivo, fumando y mirando a todos lados, paranoica. Certeramente paranoica. La vi sentada del lado de la ventanilla respirando profundo, viendo sin querer pero no pudiendo evitarlo, como cuando uno que ya aprendió a leer, por mas que lo intente, no puede evitar saber lo que está escrito. La vi cerrando los ojos y tarareando canciones de la novicia rebelde, para tranquilizarse a ella misma. Y de tanto verla la sentí. Y de tanto sentirla la entendí. Aunque bastaba recordar mi pasado para hacer lo mismo. Quizás fue eso lo que me impedía compadecerme de su temor. Era algo que yo conocía y de lo cual ya no podía escapar. Pero que lejos de paralizarme, a la larga, me fortaleció. A ella también le llegaría su momento. Paciencia. El silencio. La espera.
Amanecía mientras tanto. Este momento merecía una tregua así que me levanté y traje algo de comer. Martina entendió mi mirada y sin ganas agarró la galletita. Con esto no se jode, pensé. Y si esto había pasado el miércoles seguramente no había estado comiendo. Doña Rosa siempre hacía ruido. Era su manera de definirse sobre la tierra. Necesitaba que se enteraran que ella estaba acá. Acá en su casa, acá en el barrio, acá en la vida. Porque el silencio la deprimía tanto como la pobreza. No sabía estar sola porque se sentía sola. A pesar de Jesús que siempre bajaba a visitarla. O que nunca se iba.
Desconecté el teléfono. Ninguna llamada podía ser tan importante un sábado a la mañana y sí lo era la privacidad. Con la luz del sol todo parecía menos terrible. Martina comía y yo también. Pero hubo un instante en que descifré en sus ojos el agotamiento mental. El miedo es lo que nos hace sentir muertos en vida. Igual que la tristeza que en mi opinión es un miedo más.
- Pensé que...creí que se había terminado.- Me dijo como iniciando la conversación que veníamos postergando. –Justo cuando empezaba a dejar de estar pendiente-
- No hace falta que te conteste o si? Sabés bien que por eso mismo todo vuelve.
- Si...ya sé, me doy cuenta pero...ya lo sabía y sin embargo me olvidé! Es como volver a saber, pero peor, porque en la ignorancia existe cierta excusa. Ojalá dejara de sorprenderme tanto.
Martina es muy inteligente. Sin embargo no se sabía expresar. Yo sabía que lo que quiso decir con esa última frase no fue precisamente eso. Si nada la sorprendiera se quejaría igual. Ella quería dejar de asustarse. Y dejar de olvidar, intento mediante el cual suponía que el miedo podía llegar a disolverse.
Una vez alguien me preguntó un poco inocentemente, a dónde se va la conciencia cuando dejamos de prestar atención. Es una buena pregunta, en la medida que uno no necesite responderla. En el caso de Martina, olvidar era un mecanismo de defensa. Que paradójicamente la convertía en el ser mas expuesto y vulnerable. Tarde o temprano un suceso, un olor, una canción, incluso un sueño (en el que inevitablemente el resto diurno no tiene chance ni nada puede hacer frente a la poderosa irrupción de lo que nos debía volver a sacudir) nos devuelven la memoria. Y eso de lo que necesitamos escapar se pega como chicle viejo a este presente en el que debemos preguntarnos cuánto de pasado contiene ya.
Mientras la veía tirada en la cama con la mirada perdida en el techo, me resonaban sus palabras: ya lo sabía y sin embargo me olvide. El olvido se convierte en excusa porque aparentemente nos es imposible evitarlo, sucede a pesar de nosotros en un acto de supuesto descuido. Pero lo cierto es que uno siempre olvida recordar. No olvida lo que no recuerda, sino que olvida el acto de recordar. Y en la mayoría de los casos ese evitar recordar si es adrede. Evitamos ahondar en el pasado, sobre todo si éste nos confunde. Porque es como repetir en secuencia la frustración de algo que a menos que lo recordemos, desaparece. No es. No fue. Y no puede (y ahora sí esto depende de nosotros) volver a ser.
Me soné los dedos de las manos y me levanté. Había que buscar eso que ahora volvía a ser, eso que muy a pesar nuestro, decidía seguir siendo. Había que sentarse a removerlo todo. Y solo lo podíamos hacer hablando. Me senté a sus pies con la espalda contra la pared.
Decime que no la conocías la frase, por favor...- dijo con expresión de plegaria.
Solo pude asentir con la cabeza apretando los labios, cerrando levemente los ojos y abriéndolos en seguida esperando encontrar esa mirada llena de desconsuelo, de saturación y desconcierto. Se puso otra vez a llorar pero esta vez sin temblequeo, sin falta de aire...era un llanto que limitaba con la emoción. Porque ante semejante suceso, tras el miedo de lo desconocido se trasluce la inevitable irrupción de la fascinación, la necesidad de atribuirle algún tipo de sortilegio oculto a nuestra capacidad de comprensión. Nos miramos un largo rato. Ella con sus grandes ojos, preguntándomelo todo, sin decir palabra... gritando sin pestañar y en silencio absoluto, clamando con sus pupilas que le trasmitiera el secreto que me permitía a mi no estar llorando.
Creeme cuando te digo que te entiendo Martina. Al principio nos supera definitivamente. Y nos determina asimismo. No hay forma de evitar que te sientas así, de nada sirve. Pero tal vez si compartimos los detalles, posiblemente, y esto no lo puedo afirmar, te sientas menos sola.
Verla así me obligo a trasportarme a ese instante de mi vida por el cual lograba esa mañana entenderla. Mi pasado almacenaba ciertos instantes de igual intensidad, pero había habido un primer momento, ese que Martina estaba viviendo, ese por el cual se redefinían concepciones del mundo en su totalidad, ese que hacía que la sorpresa en sí fuera al mismo tiempo asombro, admiración, pasmo, se convirtiera en maravilla para descomponerse en la extrañeza, el desconcierto, sería también estupor derivado en espanto, derivado en impresión . Con la diferencia fundamental que ella, tenia en frente a alguien que le estaba diciendo ‘te entiendo’. Y yo había tenido que esperar hasta éste momento, en el que ella llorando me pedía que le cuente, para sentir que después de tantos años era posible que alguien vislumbrara por haberlo vivido, aunque sea una escasa sombra de lo que yo sentí.
Piazzolla puede significar muchas cosas. Primero que nada la música sonaba en mi casa, porque a Doña Rosa solo le gusta la cumbia o en todo caso Sandro, pero al maestro no lo va a escuchar jamás. Segundo, cuando Martina escuchaba Piazzolla era hora de poner la pava y asumir esa responsabilidad.
Mientras sacudía el mate inercialmente, sin darme cuenta de la acción que mi brazo había resuelto, la acción no sólo de decidir actuar sino por encima de todo lo otro: actuar (un poco haciéndome el favor hasta que me despertara), sentí que subió el volumen...así que me fijé el agua, faltaba un rato. Subí el fuego. El volumen alto no era buena señal. Pero no concebí en absolutamente ningún momento, ni lo hubiera hecho jamás, el entrar despojada del mate. Me fijé la hora y enseguida me arrepentí, hubiera preferido no hacerlo. Para qué hay que enterarse de esas cosas cuando en nada modifica enterarse. Si llegás tarde y ya sabés que vas a llegar tarde. De qué le sirve a uno fijarse cada cinco minutos el reloj, como si esa ansiedad de medir el tiempo con la mente dejara de inquietarnos. Pero uno tiene que saber. Es así.
Con el mate en la izquierda, termo bajo el brazo y puchos en la derecha crucé el pasillo. La encontré en posición fetal jugando con un hilito que parecía ser el misterio sin descubrir del universo. Levantó la vista mi bien mis ojos ubicaron su mirada y suspiró. No pude evitar el gesto de resignación y la mueca medio en chiste medio en serio del ‘y ahora que’...pero ella sabía. No había mucho que explicar. Los primeros dos mates se los cebé en silencio. Antes del tercero bajé el volumen y me prendí un pucho. Silencio. No había nada que preguntar, solo escucharla. Yo sabía que ella valoraba más mi espera que incluso mi presencia ahí, sentada, a las 4 menos cuarto de la madrugada. Hay tanto más en los silencios, en entender que el que está a punto de escupir tanto sentimiento : necesita tiempo. Ese mismo que necesitamos medir pero que cuando los mates pasan y Piazzolla suena, no existe.
Cuando estiró la mano y me pidió el pucho la miré de nuevo a los ojos. Había angustia... era de esa que llega de la mano de la confusión. Esa pelota en el pecho que duele porque hay algo que no entendimos y que nos impide creernos la mentira de que algunas cosas las podemos controlar.
Silencio. Una vez más estiró la mano, esta vez sacó del primer cajón un papel. Desplegó el bollito y me leyó en voz entrecortada lo que decía.
"La vida es una gran parodia general en donde uno si es exclusivo, no se siente vivo. El entorno de su vida lo hace más atrevido.
Cómo me gustaría conocer el amor para que cada día que pase no se abra una página del libro del dolor."
Tragué saliva. Pité el cigarrillo. Yo también me angustié y eso me enojó. Cuando terminó de leerla me miró como si de lo que yo dijera dependiera la vida de alguien, estaba nerviosa y ella también pitó el cigarrillo, pero sin dejar de mirarme.
Mate, silencio, cigarrillo, Piazzolla, mate, silencio pero Piazzolla.
Por suerte entró Jesús y nos devolvió un poco la realidad. Jesús tenía la particularidad de ser un gato que se llama Jesús. Lo cual hacía que estuviera en boca de muchos. Cuando uno se llama Jesús suele pasar eso. Con Martina siempre recordábamos cómo había sido que llegó Jesús a nuestras vidas. Debatíamos si fue él el que nos encontró a nosotras o al revés. Por la manera que tenía de observarnos y los gestos que descifrábamos suponíamos que alguien a través de él (porqué no él mismo?) participaba de las conversaciones. Esa noche cruzó la puerta y se sentó justo en medio de las dos. Ninguna dijo nada, pero lentamente Martina se recostó sobre la almohada y yo estiré las piernas. Entonces el disco terminó.
No era la primera vez que nos pasaba esto. De haberlo sido ninguna de las dos hubiéramos podido, como de hecho hicimos, intentar poner en palabras lo que esa noche significaba. Lo que ese papel significaba. El silencio en este caso no era un opción. Hay cosas que si uno calla o niega éstas terminan por desviarlo y las dos lo sabíamos muy bien. Demasiado bien como para cometer un error semejante. Sin embargo, así como la felicidad que uno puede llegar a sentir es absolutamente proporcional al sufrimiento que uno también conoció, en este caso ambas dos percibimos que el sagrado silencio solo podía ser destruido por ciertas palabras. Ninguna sabía hasta entonces por donde empezar.
Cuándo fue la última vez? Pude decir. Hubiera podido. Pero no lo dije. Lo pensé, lo gesticulé...y ella asintió. También empezó a intentar dejar de olvidar. El silencio ahora si era total, o parcial si elegíamos prestar atención al motor de la heladera o al depósito del baño de Doña Rosa. Como harta de tanta tensión me paré, agarré a Jesús y acariciándole el lomo caminé por la habitación. Ahora mis pasos sonaban y mi espalda descargaba un poco el peso de tanto alboroto mental.
Hacía demasiado tiempo que estábamos en silencio. Cuánta cabeza tiene uno en el cuerpo. Me incomodó mas eso que todo lo que veníamos pensando, así que por fin le dije que me volviera a leer el papel. Cuando terminó la miré, como autorizándola a que me cuente. Ahora ya era momento de entrar en los detalles que de nada sirven pero que lo son todo, absolutamente todo. Me contó evitando sumergirse en banalidades, que había sido de noche, el miércoles anterior. Que estuvo ocho horas también. Al llegar a este dato se quebró. No lloró mucho, solo lo suficiente para seguir hablando. Otra vez el hilito entre sus dedos era el centro del universo...pero ya no un misterio. Mientras ella lloraba me volví a sentar y cerré los ojos. Yo sin llorar lloré un poco también. Jesús se me escapó de las manos y se fue del cuarto. Otra vez las dos solas...pero ya no presas del silencio. Ocho horas, repitió. Ahora sí ella necesitaba que yo no espere mas y le pregunté:
Donde?,
En palermo, en retiro. Después...- y al llegar a esta palabra abrió los ojos grandes, como advirtiéndome que ella se sorprendía tanto que temía un poco que no le creyera- en 7 colectivos diferentes. -.
Otra vez el silencio. Esta vez necesité desviar mi atención a uno de esos pensamientos que ayudan a descomprimir. El mate. Si hubiera sabido de qué se trataba todo esto le hubiera puesto yuyos. Qué lejos estaba ahora de mí la persona que fuí en la cocina. Esto lo redefinía todo.
Martina estaba asustaba. No quiso uno cuando le ofrecí...-debe estar lavado- me dijo. Pero yo la conozco a Martina, no podía tragar ni agua a esa altura de la noche. Me lo tomé yo. Me prendí otro pucho y la miré a los ojos. Muy seriamente le dije – esto lo hablamos hoy sin falta- y por primera vez desde que entré al cuarto dejó de jugar con el hilito.
Cuando dos personas se conocen tanto, preguntar cosas del tipo ‘estás segura’ hubiera sido un insulto. De golpe me invadieron imágenes de esa noche, tal y como si hubiera estado con ella. La vi confundida en la parada del colectivo, fumando y mirando a todos lados, paranoica. Certeramente paranoica. La vi sentada del lado de la ventanilla respirando profundo, viendo sin querer pero no pudiendo evitarlo, como cuando uno que ya aprendió a leer, por mas que lo intente, no puede evitar saber lo que está escrito. La vi cerrando los ojos y tarareando canciones de la novicia rebelde, para tranquilizarse a ella misma. Y de tanto verla la sentí. Y de tanto sentirla la entendí. Aunque bastaba recordar mi pasado para hacer lo mismo. Quizás fue eso lo que me impedía compadecerme de su temor. Era algo que yo conocía y de lo cual ya no podía escapar. Pero que lejos de paralizarme, a la larga, me fortaleció. A ella también le llegaría su momento. Paciencia. El silencio. La espera.
Amanecía mientras tanto. Este momento merecía una tregua así que me levanté y traje algo de comer. Martina entendió mi mirada y sin ganas agarró la galletita. Con esto no se jode, pensé. Y si esto había pasado el miércoles seguramente no había estado comiendo. Doña Rosa siempre hacía ruido. Era su manera de definirse sobre la tierra. Necesitaba que se enteraran que ella estaba acá. Acá en su casa, acá en el barrio, acá en la vida. Porque el silencio la deprimía tanto como la pobreza. No sabía estar sola porque se sentía sola. A pesar de Jesús que siempre bajaba a visitarla. O que nunca se iba.
Desconecté el teléfono. Ninguna llamada podía ser tan importante un sábado a la mañana y sí lo era la privacidad. Con la luz del sol todo parecía menos terrible. Martina comía y yo también. Pero hubo un instante en que descifré en sus ojos el agotamiento mental. El miedo es lo que nos hace sentir muertos en vida. Igual que la tristeza que en mi opinión es un miedo más.
- Pensé que...creí que se había terminado.- Me dijo como iniciando la conversación que veníamos postergando. –Justo cuando empezaba a dejar de estar pendiente-
- No hace falta que te conteste o si? Sabés bien que por eso mismo todo vuelve.
- Si...ya sé, me doy cuenta pero...ya lo sabía y sin embargo me olvidé! Es como volver a saber, pero peor, porque en la ignorancia existe cierta excusa. Ojalá dejara de sorprenderme tanto.
Martina es muy inteligente. Sin embargo no se sabía expresar. Yo sabía que lo que quiso decir con esa última frase no fue precisamente eso. Si nada la sorprendiera se quejaría igual. Ella quería dejar de asustarse. Y dejar de olvidar, intento mediante el cual suponía que el miedo podía llegar a disolverse.
Una vez alguien me preguntó un poco inocentemente, a dónde se va la conciencia cuando dejamos de prestar atención. Es una buena pregunta, en la medida que uno no necesite responderla. En el caso de Martina, olvidar era un mecanismo de defensa. Que paradójicamente la convertía en el ser mas expuesto y vulnerable. Tarde o temprano un suceso, un olor, una canción, incluso un sueño (en el que inevitablemente el resto diurno no tiene chance ni nada puede hacer frente a la poderosa irrupción de lo que nos debía volver a sacudir) nos devuelven la memoria. Y eso de lo que necesitamos escapar se pega como chicle viejo a este presente en el que debemos preguntarnos cuánto de pasado contiene ya.
Mientras la veía tirada en la cama con la mirada perdida en el techo, me resonaban sus palabras: ya lo sabía y sin embargo me olvide. El olvido se convierte en excusa porque aparentemente nos es imposible evitarlo, sucede a pesar de nosotros en un acto de supuesto descuido. Pero lo cierto es que uno siempre olvida recordar. No olvida lo que no recuerda, sino que olvida el acto de recordar. Y en la mayoría de los casos ese evitar recordar si es adrede. Evitamos ahondar en el pasado, sobre todo si éste nos confunde. Porque es como repetir en secuencia la frustración de algo que a menos que lo recordemos, desaparece. No es. No fue. Y no puede (y ahora sí esto depende de nosotros) volver a ser.
Me soné los dedos de las manos y me levanté. Había que buscar eso que ahora volvía a ser, eso que muy a pesar nuestro, decidía seguir siendo. Había que sentarse a removerlo todo. Y solo lo podíamos hacer hablando. Me senté a sus pies con la espalda contra la pared.
Decime que no la conocías la frase, por favor...- dijo con expresión de plegaria.
Solo pude asentir con la cabeza apretando los labios, cerrando levemente los ojos y abriéndolos en seguida esperando encontrar esa mirada llena de desconsuelo, de saturación y desconcierto. Se puso otra vez a llorar pero esta vez sin temblequeo, sin falta de aire...era un llanto que limitaba con la emoción. Porque ante semejante suceso, tras el miedo de lo desconocido se trasluce la inevitable irrupción de la fascinación, la necesidad de atribuirle algún tipo de sortilegio oculto a nuestra capacidad de comprensión. Nos miramos un largo rato. Ella con sus grandes ojos, preguntándomelo todo, sin decir palabra... gritando sin pestañar y en silencio absoluto, clamando con sus pupilas que le trasmitiera el secreto que me permitía a mi no estar llorando.
Creeme cuando te digo que te entiendo Martina. Al principio nos supera definitivamente. Y nos determina asimismo. No hay forma de evitar que te sientas así, de nada sirve. Pero tal vez si compartimos los detalles, posiblemente, y esto no lo puedo afirmar, te sientas menos sola.
Verla así me obligo a trasportarme a ese instante de mi vida por el cual lograba esa mañana entenderla. Mi pasado almacenaba ciertos instantes de igual intensidad, pero había habido un primer momento, ese que Martina estaba viviendo, ese por el cual se redefinían concepciones del mundo en su totalidad, ese que hacía que la sorpresa en sí fuera al mismo tiempo asombro, admiración, pasmo, se convirtiera en maravilla para descomponerse en la extrañeza, el desconcierto, sería también estupor derivado en espanto, derivado en impresión . Con la diferencia fundamental que ella, tenia en frente a alguien que le estaba diciendo ‘te entiendo’. Y yo había tenido que esperar hasta éste momento, en el que ella llorando me pedía que le cuente, para sentir que después de tantos años era posible que alguien vislumbrara por haberlo vivido, aunque sea una escasa sombra de lo que yo sentí.