1.29.2012

Ana se sentaba seguido a sonreir

Ana se sentaba seguido a sonreír, le bastaba a veces con evocar algún recuerdo.
Otras simplemente de la nada sonreía y solo después de sentir la cara relajada y el alma calentita, se le ocurría algún motivo al cual atribuirle esa sonrisa, que entonces pasaba a ser más y más linda.
Ana solía elegir lugares tranquilos para sus sonrisas.
El botánico en los días de sol, la costanera norte si estaba nublado, los barcitos de pocas mesas en invierno. Preferiblemente sus sonrisas las esbozaba fuera de su casa, pero en caso de no querer salir, era fundamental que pudiera ver el cielo. Alguna ventana en los días de lluvia, el balconcito una noche estrellada, la terraza si hacía calor, todos servían de escenario.
Cada sonrisa era distinta a la anterior e imposible de reproducir. Alguna que otra vez el recuerdo había logrado que sin querer se le vieran los dientes, otras, muy despacito en presencia del pasado únicamente, ella había tenido que morderse el labio inferior en una sonrisa pícara.
Ana necesitaba sonreír.
Conocía mucha gente que al igual que ella se valía de ciertas mañas para terminar o empezar el día. Pero muy pocas entendían bien cómo era que Ana lograba sentirse feliz con tan solo sonreír. –Pero si un día estás de mal humor o triste? Cómo haces? Le preguntaban aquellos a quienes ella había supuesto posible trasmitir su intimidad. Al notar en seguida que ese tipo de preguntas evidenciaban lo contrario, ella tan solo decía ‘no sé’ y cambiaba de tema.
Para Ana sonreír era como para algunos la meditación. Hay gente que puede y gente que no. Inútil le resultaba intentar explicar. Por lo que desistió. A pesar de los intensos deseos de que al igual que ella, otros pudieran sentirse así.
Le gustaba acordarse de cosas que la habían sorprendido generándole sonrisas multicolores.

Una noche, después de un día en extremo triste Ana no se podía dormir. No había podido, a pesar de los intentos reiterados y casi desesperados, sonreír. Entonces a mitad de la noche en la oscuridad de su cuarto, sin querer fijó su vista en la almohada pretendiendo acomodarla y súbitamente se quedó quieta. Entornó los ojos y lentamente fue descifrando con la vista que en los pliegues de la funda de la almohada se había formado, de manera casi perfecta, una cara. Una cara sonriente. La sonrisa que se dibujó en sus labios esa noche se multiplicó luego en su sueño. Hoy no recuerda el motivo de la tristeza de ese día, pero jamás, jamás olvidará la sonrisa de esa noche.
Ni a esa almohada, claro.