Sabes qué ma, hoy Mariano me pidió un caramelo y yo no sabia si dárselo, porque era el último que me quedaba...se me enganchó en la costura del bolsillo del guardapolvo...y cuando se lo di me dieron ganas de decirle que era el último y que igual se lo daba, pero no le dije nada..., Bah, en realidad no me dio tiempo ma...porque en seguida se fue corriendo porque Tomás ya había empezado a contar y yo me quede ahí parada ma, porque le tendría que haber dicho que era el último...que era un regalo, que no daba lo mismo porque no tenia más, y yo ma, yo elegí dárselo a él y él no sabia eso ma.
Ella me dio un beso en la frente y tapándome bien con la sabanita rosa y la colcha naranja con flecos apagó el velador y dejando la puerta entre abierta para que entrara la luz del pasillo pronunció las palabras obligadas: que sueñes con los angelitos mi amor, hasta mañana. Cerré los ojos y me acorde del caramelo, no sabia bien si había sido de ananá o de limón...bostecé y paf!, era de limón, cierto.
Una mujer rubia medio flaquita y con rodete nos miraba desde el poster desgastado en la pared frente a la mesa. El tío le contaba a mi hermano de la vez que apostó con un gringo jugando a la generala: “en seguida le tache la doble y creo que Anthony R. Wilson, oriundo de Massachussets todavía no entendía las reglas del juego, pero no aflojó, ni siquiera cuando pensó que la escalera salía cuando los dados caían en filita...” (al decir el nombre ponía voz de locutor, grave y exagerada). Mi abuela desde el fondo de la cocina, no pudo evitar que se le escapara una sonrisita a pesar de haber escuchado la historia del tío miles de veces, siempre con un nombre distinto. La altura de la olla la obligaba a estirar bien el brazo cuidando de no mancharse la manga con la salsa. Toda la casa se impregnaba del olor al tuco de la abuela, casi tanto como mi remera de manchas después de comer. Yo sabía que en esa mesa los preferidos éramos siempre los chicos. No importaba cuántas veces se quejara mi viejo, si quedaban pocas salchichitas la abuela siempre las repartía en partes iguales entre mi hermano y yo, y solo en caso de que alguna se quebrara en el tenedor se la apoyaba a papá en el plato, con una seña cómplice acompañada de una mueca a nosotros de que seguro estaba fea y que mejor que la comiera él.
A la abuela le gustaba cocinar escuchando boleros, siempre que llegábamos la encontrábamos en medio de una melodía que tarareaba incluso mientras nos daba el beso de bienvenida. Pero mientras comíamos se apagaba todo. El tío sabía bien que si quería ver las carreras ese domingo mas vale que viniera a la hora del postre, porque de ninguna manera mi’jo, la mesa es de la familia no de los medios, decía. El postre nunca fue sorpresa, pero no importaba, porque de haberlo sido nos hubiéramos decepcionado. La yurupeta, ese menjunje lleno de amor que nos enseñó desde muy chicos a entender porqué dicen que no se come con los ojos. A primera vista resultaba una pasta medio marrón con textura de engrudo símil papilla. Lo cierto es que resultaba perfecto para jugar a revolverlo y que nos sintiéramos en todo nuestro derecho, porque con la comida no se juega pero con el postre es distinto. Manzana rayada, banana pisada y jugo de naranja. Todo ese pastiche mezclado y puesto a enfriar el tiempo que tardáramos en comer.
Esa tarde, después de los dibus y el cafecito con tortita, emprendimos la vuelta. Esta vez la abuela nos despidió desde la puerta, porque se iba al super, pero no sin antes buscar en la bolsita unos ricos caramelitos para el camino. Abue, a mi dame los de limón, los de limón!
Cuando íbamos en el auto decidí que esta vez le iba a decir a Mariano, aunque no fuera el último, que eran para él.
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